ELOBSERVADOR
testimonio de un testigo directo

Bajezas de López Rega a horas del final del General

La biografía Julio Broner del jefe de la CGE en los 70 incluye este texto suyo sobre una estremecedora reunión convocada por Isabel Perón tras la desaparición del líder.

Funeral. En medio de la congoja popular empezó a recrudecerse la lucha por el poder político.
| Cedoc

Muere Perón el 1º de julio de 1974. Los diarios del país y de todo el mundo son testigos del compromiso que habían asumido, ante el muerto y ante el país, los partidos políticos, los legisladores, las fuerzas armadas, los trabajadores y los empresarios para seguir apoyando el mantenimiento de las instituciones republicanas. Lágrimas, juramentos y piezas oratorias que quedarán para la historia. La vicepresidente recibió allí el respaldo unánime para continuar con la política que el pueblo consagró a través de las elecciones de marzo y septiembre de 1973. Tal vez sirva de orientación del clima reinante entre la población algunas de las experiencias personales. A lo largo de la ruta del cortejo fúnebre a Olivos, íbamos con Adelino Romero y el señor Gelbard, ellos en las ventanas del auto y yo en el medio. A las manifestaciones de dolor, se sumaron otras expresiones, a medida que el público reconocía a Gelbard y a Romero. Decían: “Ayudala José a Isabelita, no la abandones” y “Adelino, apoyemos a Isabel”. En algunos semáforos, con los autos parados, el público se volcó con expresiones por el estilo y vimos el llanto en personas de todas las edades.  

A la mañana siguiente, recibí un llamado de Olivos a la fábrica en Pacheco, para una reunión urgente a las 11, convocada por la señora presidenta, sin temario. Los diarios registraron la reunión, sin que se haya difundido lo tratado en la misma. La Opinión días después tuvo una versión bastante cercana a la realidad, lo que de alguna forma encontré transcripto en el libro Entorno y caída de Monteverde y Kandel. Sin embargo, esta reunión tan inusitada por el tema como por el momento (veinte horas después del sepelio de Perón) impactó a los presentes desprevenidos y sólo meses después uno pudo desentrañar toda la bajeza que pudo utilizar José López Rega para sus designios de Rasputín, o quizás de émulo de Hitler o Kadafi. Los invitados, además de los integrantes del gabinete, eran los tres comandantes, el presidente del Senado (José Allende), el presidente de Diputados (Raúl Lastiri), el secretario técnico coronel Damasco, Lorenzo Miguel por las 62, Adelino Romero de la CGT, el presidente de la CGE y el Dr. Ricardo Balbín. La señora presidenta comenzó diciendo que se había enterado de que “en la calle se hablaba mal de su conducta en relación con el señor López Rega” y que ella no abandonaba a los amigos después de tantos años de fidelidad al general Perón y a ella. Estallando en un llanto, se dirigió al Dr. Balbín con una pregunta a boca de jarro: “Dígame usted, Dr. Balbín, yo que soy hija de radicales, sé que usted me va a decir la verdad: ¿por qué la calle habla de cosas feas de mí y López Rega, yo que soy católica militante?”. Pese a ser avezado dirigente, por político experimentado, por hombre de conducta impecable y católico practicante, fue tan sorprendido como la mayoría de los que concurrimos a la cita. Don Ricardo se repuso del asombro y dijo, francamente, que si ella quería que la calle no dijera esas cosas, sería prudente que el señor López Rega se quede como ministro de Bienestar Social y, muerto el general Perón, la señora presidenta no tenía por qué tener el mismo secretario privado. Sostuvo que, en los países como los nuestros del tipo presidencialista, toda precaución que se tome para preservar la imagen del presidente beneficiará al gobierno y al país. López Rega “humilde servidor dispuesto a ocupar cualquier puesto que la señora presidenta necesite y a renunciar a todos los puestos si hiciere falta”, no lloró como la señora, pero todo fue dicho con voz de víctima humillada pero resignada. Los demás miembros del gabinete (Robledo, Taiana y el Dr. Allende) sostuvieron igual posición que el Dr. Balbín. Por otro lado, Otero, Lorenzo Miguel, Lastiri y Vignes elogiaron las condiciones de López Rega. Por suerte, la reunión se mantuvo en secreto hasta para los edecanes. La intervención que me resulta difícil de calificar fue la del coronel Damasco, que dijo “como hombre que frecuentaba diariamente la residencia de Olivos y después de haber conversado con el confesor de la señora presidenta, doy fe que aquí no se transgrede los preceptos morales que Dios y la religión católica consideran pecados”. Si no son exactas las palabras es porque no fue grabada la reunión, pero sí es exacta la expresión y su contenido. A la salida, el Dr. Balbín me señaló indignado: “Si yo fuera la presidenta, le doy una cachetada a este militar” (cuyo nombre ni conocía). Todo este episodio debe ser visto con la profundidad debida y ver hasta dónde era capaz de intrigar López Rega para sus ambiciones. Cómo puede sorprender que luego armase el tristemente famoso grupo de la Triple A para un sanguinario período para atemorizar, matando con el conocido estilo de dejar los cadáveres con treinta a cincuenta perforaciones de balas de grueso calibre, siguiendo un modelo de terror iniciado en Yakarta. Es sorprendente que algunos ex ministros que hicieron tanto daño al país “gozan de buena salud”. Es importante aclarar por qué Ildefonso Recalde, embajador en Bruselas, es llamado por el Dr. Vignes a Buenos Aires y lo destituye en la práctica. El embajador Recalde en telegrama cifrado anunció a la Cancillería el embarque de armas desde Bruselas por un millón de dólares, sospechando que podía ser para un grupo guerrillero. Lo que no pensó fue que eran para la Triple A y el fiel servidor Dr. Vignes y su subsecretario Beckerman destituyeron a Recalde por ese pecado. Confirmado López Rega como secretario privado, procedió a cerrar el círculo alrededor de la presidenta, a aislarla del diálogo y de la información, y a desalojar del gabinete a los que hablaron “claro” en aquella reunión. Con el slogan de “peronizar” el gabinete y la CGT, en rigor de verdad buscaron mayor poder. Llegó el período para los peronistas de la primera hora, es decir, los que ocuparon algunos puestos en el primer gobierno de Perón, independientemente de lo que durante 18 años hubieren hecho, traicionando muchos de ellos las ideas básicas del peronismo. Aparecen los Ivanisevich, Frattini, Vignes, Beckerman y un hombre que los dirigentes sindicales sabían que Perón le había perdido toda confianza, lo llamaba usurero y lo sabían vinculado con lo más retrógrado de la banca nacional e internacional: Alfredo Gómez Morales. El último diálogo entre gobierno, partidos políticos, CGT y CGE fue el 8 de octubre de 1974. En esa reunión prometida a puertas cerradas para que hubiese más libertad para todos los sectores, se han dicho cosas muy duras. Balbín le pidió a la presidenta que abriera la ventana y eliminara el “microclima” que la rodeaba. Los empresarios señalamos la falta de diálogo con el gobierno; las publicaciones del gobierno atacando a los integrantes del Pacto Social, denunciando la campaña racial que algunas publicaciones como Cabildo habían desencadenado; y la falta de seguridad personal que se estaba agravando.

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*Ex secretario de la Confederación   General Empresaria (1921-1990).